Por Alex Corzo

La tradición de celebrar el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre no tiene fundamento bíblico. En ninguna parte de las Escrituras se menciona esta fecha como el día de Su encarnación. Por el contrario, los relatos bíblicos sugieren que Jesús pudo haber nacido en otra época del año, probablemente a principios de otoño, cuando los pastores cuidaban sus rebaños al aire libre (Lucas 2:8). La fecha del 25 de diciembre proviene de la adaptación cristiana de festividades paganas, como el festival romano del Sol Invictus, vinculado al solsticio de invierno.
Aunque esta fecha sea históricamente inexacta y producto de una mezcla cultural, la Navidad no es un error ni carece de propósito. Más allá de los orígenes de esta festividad, los cristianos tienen razones profundas y bíblicas para celebrar la encarnación del Hijo de Dios. Separar un tiempo en el año para meditar en el milagro de que el Verbo se hizo carne (Juan 1:14) es un regalo invaluable para el corazón cristiano. La Navidad debería ser una invitación para recordar el cumplimiento de la promesa divina, desde el Edén hasta Belén, donde nació el Salvador que aplastaría la cabeza de la serpiente (Génesis 3:15). Lamentablemente, esta reflexión muchas veces se pierde en la práctica actual.
El contexto histórico de esta fecha nos lleva a reflexionar sobre cómo, a pesar de sus orígenes, Dios utilizó la Navidad para transformar la oscuridad de la idolatría en la luz del evangelio.
De la Oscuridad Pagana a la Luz del Evangelio
Hace siglos, los pueblos europeos vivían en una profunda ignorancia espiritual. Dependían de los ciclos estacionales para su sustento y, en su idolatría, adoraban al sol, la naturaleza y otras cosas creadas en lugar del Creador (Romanos 1:25). En el solsticio de invierno, cuando los días comenzaban a alargarse, celebraban el retorno de la luz, llamando al sol “invencible”. Encendían luces, decoraban árboles y organizaban festines comunitarios para expresar su gratitud, aunque todo esto ocurría en medio de corazones alejados de Dios.
Con la llegada de los misioneros cristianos, estas comunidades conocieron la verdadera luz. Los siervos de Dios predicaron el evangelio, enseñaron la Palabra y sirvieron con amor. Poco a poco, la luz del solsticio fue reemplazada por la luz de Cristo, la verdadera luz del mundo (Juan 8:12). Así, los antiguos símbolos paganos adquirieron un nuevo significado, y la Navidad se transformó en una celebración para glorificar a Dios por el don de Su Hijo.
Este proceso de redención cultural nos recuerda que Dios puede tomar incluso las tradiciones humanas y redirigirlas hacia Su gloria. La Navidad es, o debería ser, en esencia, un testimonio de cómo el evangelio puede transformar la oscuridad en luz, la idolatría en adoración genuina y los corazones endurecidos en vidas renovadas.
Una Razón para Celebrar
Aunque el 25 de diciembre sea una construcción humana sin base bíblica genuina, la victoria cultural del cristianismo en Occidente colocó a Cristo en el centro de la historia, dándonos motivos para celebrar. Durante siglos, esta festividad ha testificado cómo el evangelio transformó culturas enteras. Las luces navideñas, los cantos y los símbolos deberían recordarnos la gloriosa historia del Redentor que vino a salvar al mundo.
Sin embargo, muchos de estos símbolos han sido secularizados, convirtiéndose en ídolos y en el foco de la celebración en lugar de Cristo. En algunos casos, incluso se intenta borrar el nombre de Jesús de la festividad, reemplazando “Navidad” por términos como “Felices Fiestas” o “Fiesta de la Paz”, como sugirió recientemente el Papa Francisco. Este esfuerzo por despojar a la Navidad de su verdadero significado refleja la intención de la cultura moderna de marginar a Cristo y borrar su nombre por completo.
En tiempos en que el secularismo, el consumismo y la cultura progresista buscan despojar esta celebración de su esencia, celebrar el nacimiento de Cristo con sinceridad y fe se convierte en un acto de resistencia espiritual, más allá de la época en que se haga. Como cristianos, no celebramos una fecha, sino un evento: la encarnación de Dios en Jesucristo. Recordamos que el Cordero de Dios, nacido en humildad, triunfará sobre las fuerzas del mal y establecerá Su Reino eterno.
Mientras algunos ven esta celebración como una tradición vacía o un evento cultural, debemos verla como una oportunidad para proclamar la victoria de Cristo y llenarnos de esperanza. Sabemos el final de la historia: ¡Cristo vence!
Una Navidad con Propósito
En esta temporada, sigamos adorando al Verbo encarnado como lo hacemos durante todo el año, no por tradición ni imposición, sino porque Su nacimiento es el eje de nuestra fe, junto con Su muerte y resurrección. Así como los misioneros transformaron pueblos paganos con la luz del evangelio, nosotros también estamos llamados a llevar esta luz al mundo, libres de festividades vacías y con una pasión renovada por Cristo.
Celebrar la encarnación de Jesús nos permite renovar nuestra pasión por la misión y la extensión de Su Reino. Mientras otros celebran más los símbolos, tradiciones y festividades humanistas, te invito a glorificar a Cristo, alegrarte en Su victoria y encender tu corazón con la esperanza de Su regreso.
Celebremos la encarnación de Cristo con el propósito de renovar nuestra fe y fortalecer nuestro testimonio en un mundo necesitado de Su luz.
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